Mi Casi Gran Error
¿Has estado tentado a casarte con
alguien que no comparte tus creencias? El problema es
real. También lo es la solución.
Por Kirsten Korthuis

Esta
es la historia de cómo casi cometo un gran error. Como
veras, me enamoré. Era ese tipo de amor de “ensueño”, él
era tan perfecto, sentía que mi vida ya tenia sentido. Y
queríamos casarnos, Patrick (seudónimo) y yo.
Pero
a través de todo mi regocijo, de todo mi enamoramiento,
empecé a tener la sensación de que había un problema que
crecía, algo ignorado al principio. Fue siendo cada vez
siendo más claro para mi de que estaba quebrantando el
más grande mandamiento de todos: “Amarás al Señor tu
Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, y con toda
tu mente” (Mateo 22:37).
Y aunque este joven parecía ser todo lo que siempre
quise mental, física y emocionalmente, no estábamos en
la misma sintonía espiritual — y Dios dice que no nos casemos en tales casos (2
Corintios 6:14; 1 Corintios 7:39). Patrick ni siquiera
estaba convencido de la existencia de Dios. Estábamos en
senderos espirituales completamente diferentes, y había
pocas intersecciones visibles en nuestro futuro.
Aquí es donde comenzaron las justificaciones. Yo sentí
que había algo maravilloso que se presentaba delante de
mí, y no quería que Dios ni nadie más me dijera que no
podía tenerlo.
Empecé a suplicarle a Dios que llamara a Patrick a la
Iglesia, que lo convirtiera en un creyente. Después de
un tiempo, esas oraciones parecieron contestadas cuando
Patrick estuvo dispuesto a asistir a la iglesia
conmigo. Fue una vez y analizó minuciosamente todo lo
que vio y escuchó. Pero aun era solo el comienzo. Empecé
a decirme a mi misma que solamente era cuestión de
tiempo. El pensó que primero debíamos casarnos y
entonces dejar que su relación con Dios se desarrollara
por si misma. Esto sonaba razonable, pensé.
Yo estaba incluso manejando esto con arrogancia. Creí
que era lo suficientemente fuerte para guiarlo a él y
que podría ser su maestra y él mi discípulo. Pensé que
podría levantarlo sin caerme yo misma.
Pero pequeños compromisos de mi parte empezaron a
ocurrir, tan sutiles al principio. No sé si
efectivamente lo levanté alguna vez durante ese tiempo,
pero me sentí resbalando a mi misma por esa pendiente,
demasiado suave, de agonía espiritual.
Yo aún oraba y estudiaba, pero un sentimiento de
culpabilidad estaba sobre mí: No podía mirar a Dios por
mucho tiempo a los ojos. Reconocí profundamente que
estaba cometiendo un gran error. La pequeña voz dentro
de mí, me decía que estaba llevándome a mi misma a un
montón de problemas espirituales.
Reaccioné enojándome con Dios. ¿Como pudo El “hacer” que
me enamorara de alguien y luego decirme que no podía
tenerlo? ¿No quería Dios que tuviese buenas cosas,
incluyendo el matrimonio? ¿No me amaba Dios?
Soy afortunada de tener una familia sólida y muy
amorosa. Me abrí con ellos y les expuse el problema.
Les escuché decir palabras que yo le diría a cualquiera
en mi posición, pero las cuales yo misma estaba
bloqueando al aplicarlas en mí. Dios quiere buenas cosas
para todos nosotros, las mejores cosas, pero no cosas
que comprometan nuestra relación con El. Necesité
paciencia. Necesité fe para creer que Dios sabe lo que
más nos conviene.
Y además, nosotros no somos quienes
hacemos el llamamiento a las personas. Todas mis
oraciones con llanto no podían cambiar el corazón de
Patrick, ni su relación con el Creador. Y si fuera
llamado, tomaría tiempo para que su llamamiento fuera
seguro y sólido. ¿Como podría haber sido capaz de decir
que mi novio seria llamado por Dios realmente? Y ¿Cuanto
perdería de mis propias convicciones, debido a mi
transigencia y duda al mismo tiempo?
Pasando por la temporada de la
Pascua tuve la oportunidad de ver el bautismo de otro
buen amigo. Con esa reflexión y ayudada por las palabras
de mi familia, finalmente entendí.
Había hecho mi propio compromiso
dos años antes y le había dicho a Dios que ahora yo
había sido comprada a través de la sangre de Su Hijo.
Sin embargo mi relación con Patrick estaba basada en lo
que yo quería, no en la voluntad de Dios.
Proverbios 3: 5-6 me trae a la mente: “Confía en el
Eterno con todo tu corazón y no te apoyes en tu propia
prudencia, reconócelo en todos tus caminos y Él
enderezará tus veredas”.
Supe que no podría tener ambas
cosas: Casarme con Patrick y seguir la Palabra de Dios.
Así que Patrick y yo terminamos.
Una de las cosas más extrañas fue
que me sentí inmensamente feliz después de tomar la
decisión. Hubo angustia para llegar a estar segura, pero
por sobre todo tuve paz. Experimenté los sentimientos
positivos que vienen de hacer lo correcto. Fui capaz de
mirar a Dios a los ojos otra vez. Fue más positivo de lo
que yo pensé que sería posible y le agradezco a Dios por
Su misericordia en darme esto.
Aprendí más profundamente que Dios
tiene que ser primero en todas nuestras relaciones o
éstas no funcionarán. La relación esposo-esposa es la
más maravillosa y cercana de todas las relaciones
humanas y entrar en ésta relación sin Dios, podría ser
un gran error. Pudo haber sido el mayor error de mi
vida.
Dios simplemente tiene que ser
primero.
Sobre el Autor
Kristen Korthuis es profesora de segundo grado y recientemente se graduó con una maestría de la Universidad de Washington. Ella asiste a la Iglesia de Dios Unida en Seattle, Washington
|