Enviar a un Amigo Imprimir Página

 

Dios con Todos y en Todas

Es sumamente enriquecedor saber cómo Dios trabaja con distintas personas, sin importar su idiosincrasia, país de nacimiento, su contexto, su cultura o su condición socio-económica

Por Gabriel García

Acá arriba, rodeado de orquídeas, calas, abejas, café y chiles, vive Don Sergio junto a su esposa Efigenia. Ya a sus 71 años de edad, su memoria alberga toneladas de historias interesantes. Hemos sido muy afortunados de haber sido invitados a su humilde hogar, y de poder ver la ciudad desde otro punto de vista.

 

Ascenso

 

Subimos en auto hasta lo que más podemos, luego estacionamos y emprendemos nuestro camino a pie. El camino esta lleno de verde y de vida. Los árboles y plantas gobiernan este lugar. Nos introducimos en una senda utilizada por la gente que vive en el volcán, a quienes vamos saludando a medida que avanzamos. Desde sus ventanas y patios de tierra, entre madera y humedad, niños curiosos con la cara sucia de felicidad nos miran con los ojos abiertos como naranjas. Luego llegamos a un camino mucho más estrecho y empinado. Los retazos de madera mezclados con barro y raíces incrustados en el suelo, nos ayudan a subir. Animados sobre estos peldaños continuamos nuestra travesía.

 

Al llegar, Doña Efigenia nos saluda con una cálida sonrisa y nos cuenta que Don Sergio no se encuentra, ya que ha bajado a realizar unas llamadas por teléfono.

El apacible hogar de esta familia esta construido con murallas muy artesanales, mimetizándose con la tierra y la arboleda que la rodea. Nos quedamos en el pequeño patio central sentados en algunas sillas, todas ellas diferentes entre sí. Las habitaciones que nos circundan carecen de puertas y sólo cuelgan unos viejos mantos enrollados arriba sobre viejos alambres. Aquí no hay agua potable, luz eléctrica, línea telefónica, ni siquiera un reloj, solo se vive con la luz del sol y se descansa cuando éste desaparece. A pesar de todo esto, nos sentimos bastante cómodos y en familia dentro de la humildad que encierra el lugar.

 

De cuerpo ágil y piernas ligeras Doña Efigenia se traslada de un lugar a otro ordenando cosas mientras hablamos cosas cotidianas tales como el clima, el trabajo, la salud, la vida. Un poco preocupados por las pocas horas de luz que quedan, a ratos hay silencios impacientes. Buscando una solución, Roberto, quien conoce el lugar y a la familia de hace mucho tiempo, sobre una roca, entre árboles y plantas, grita cuatro veces seguidas con un gran vozarrón (estilo Tarzán) el nombre de “¡¡SERGIO!!” abarcando hacia abajo las faldas del volcán, esperanzado de que el eco fuese escuchado por nuestro ausente anfitrión. Lo único conseguido por este acto fue la exaltación de los vecinos y su pronta visita inesperada, al pensar que algo malo había sucedido al escuchar un llamado tan estruendoso e insistente. Roberto les explica que solo estaba llamando al susodicho y que no hay nada de que preocuparse.

 

A los pocos minutos pasado esto, vemos que se incorpora vigorosamente una pequeña figura en la entrada de la casa. Con los ojos abiertos y con una incipiente expresión de alegría en su rostro pregunta si acaso hemos estado esperándolo hace mucho. Es Don Sergio. Ahora al fin podemos reunirnos con la familia. Doña Efigenia nos ofrece café, pero no cualquier café, sino el que cosechan ellos, y de inmediato calienta agua para prepararlo. Junto con pan dulce y galletas, el café es un excelente aliado en la mesa, momento que aproveche de conversar aún más a fondo con esta persona de ojos serenos y humildes.

 

Don Sergio

 

Don Sergio nació en este volcán llamado “El Jabalí” (1,397 m.) cuya última erupción fue en 1917,  uno de estos cinco volcanes que tiene El Salvador. A los 12 años perdió a su padre, edad en que prácticamente tuvo que comenzar a hacer su vida solo. Aprendió a leer por su cuenta y no tuvo educación básica. Ya crecido vivió un periodo corto en la ciudad, pero no soporto el ruido, el poco espacio, la suciedad y el estrés que se vive a diario. De vuelta en el volcán, conoció a su esposa, en una de las haciendas donde trabajó. Construyó su casa de a poco, subiendo los materiales uno por uno, con mucha paciencia y dedicación.

 

Búsqueda

 

Con el pasar de los años, en busca de muchas respuestas y vacíos en su vida, se sintió atraído por La Iglesia del Séptimo Día y comenzó a asistir y a estudiar lo que allí se enseñaba. Ellos usaban unos “cuadernillos” (material escrito por sus ministros) usados por los diáconos para predicar. Al tiempo, Don Sergio llegó a ser nombrado como uno de ellos, participando activamente.

 

Un día caminando por las calles de la ciudad, le llamó la atención una revista que sobresalía entre la podredumbre de una basura descompuesta. Le llamó la atención el título y comenzó a examinarla. Para su sorpresa, se dio cuenta que el material que contenía este objeto era sumamente valioso, y no dudó en tomarlo y llevárselo consigo para estudiarlo más a fondo. Motivado por el nuevo conocimiento que adquirió, le habló a sus superiores acerca de las nuevas cosas que había aprendido. Ellos no lo entendieron y se negaron a enseñarlas, advirtiéndole que si se seguía insistiendo lo “bajarían”, es decir, no sería más diácono.

 

Nuevamente, visitando la ciudad, de paso por una feria de libros usados, Don Sergio reconoció uno de los libros que ahí se vendían por 10 colones salvadoreños (U$1,2 aprox). De tapas anaranjadas, de un tamaño cómodo para leer y con un título muy llamativo, era distribuido por la misma entidad de la revista que encontró en la basura, lo que le provocó mucha alegría. El título de la obra era “La Llave Maestra de la Profecía”, por Herbert W. Armstrong.

 

Con todo lo que absorbió de este espléndido libro, no pudo contener la necesidad de querer compartirlo en su iglesia, hecho que significó para que definitivamente lo “bajaran” de su cargo de diácono.

 

A pesar de sentirse desilusionado por ser expulsado de su iglesia, el vacío que siempre sintió en su corazón comenzó a ser llenado como subscriptor de la revista “La Pura Verdad” recibiendo felizmente esta porción de conocimientos y verdades, devorando literalmente su contenido cuando llegaba a sus manos.

 

Nutrido por la literatura de la Iglesia de Dios Universal de aquellos tiempos, un buen día se percató de una familia que salía de su casa en el día Sábado, muy bien arreglada con sus Biblias en la mano. Don Sergio, conocedor del cuarto mandamiento de Dios, se dio cuenta que esta familia lo hacía sin falta alguna, cada Sábado. Es así como decidió ir donde ellos y preguntarles cuál era su destino. Felizmente para Don Sergio, ellos respondieron: “Vamos a la Iglesia”.

 

Don Sergio está bautizado hace cuatro años y su esposa hace uno en la Iglesia de Dios Unida. Se han dedicado a defender las verdades de Dios y a contárselas a sus vecinos allá arriba, en el volcán. Muchas personas han asistido gracias a esta semilla, y actualmente continúan acudiendo cinco familias a la Iglesia de El Salvador.

 

Ejemplo

 

He querido compartir esta experiencia de Don Sergio por lo valiosa que es, por el gran ejemplo que puede dejarnos en nuestras vidas. Es sumamente enriquecedor saber cómo Dios trabaja con distintas personas, sin importar su idiosincrasia, país de nacimiento, su contexto, su cultura o su condición socio-económica. Leemos en Gálatas 3:28: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”. Dios no hace excepción  de personas, y aquellas son elegidas de todos los lugares del mundo.

 

Creo que no basta con ver la televisión para ser realmente tocados por algún tema en particular. Nos volvemos inmunes muchas veces frente a catástrofes y sufrimientos ajenos, ya que están a miles de kilómetros de nosotros, y porque los muestran cada día en el noticiario. Nos acostumbramos y perdemos sensibilidad y el asombro frente a hechos impactantes. Sin embargo, les invito esta vez a cercanos a Don Sergio, a su vida, a su mundo, a su realidad, porque es un hermano para nosotros, y porque sufre, se alegra, ríe y llora al igual que nosotros esperando ese mejor mundo que Dios tiene para toda la humanidad.

 

Una de las grandes tareas que tenemos en este mundo es alcanzar la unidad… ¿en qué?: en Cristo, por medio de la misma Fe y del conocimiento. En Efesios 4:12-13 dice: “a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo.” Parte de esta perfección me fue revelada al estar con Don Sergio. No hay otra verdad que la de Dios, y cuando se tiene conocimiento de ella, hay que defenderla, con celo, en donde quiera que estemos y con quien estemos.

 

Para finalizar veamos nuevamente en la epístola de Efesios 4:16 “de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente según la actividad propia de cada miembro, recibe el crecimiento para ir edificándose en amor.” Pablo escribe algo muy cierto: nos hacemos mas fuertes ayudándonos unos a otros, unidos entre sí y no me queda duda que la iglesia de Dios Unida tiene una unidad plena, y que de esta manera nos fortalecemos, gracias a las infinita misericordia de Dios al habernos mostrado su camino e invitarnos a formar parte de su reino, donde ya no habrán distintas realidades, y seremos uno con Cristo.

Contacto: Información & Preguntas | Webmaster |
© 2008
Jóvenes Hispanos Unidos el Sitio Web de Entendimiento para los Líderes del Mañana

Auspiciado por la Iglesia de Dios Unida, una Asociación Internacional | Política del Sitio