La
Paz que Dios nos Da
Depende de nosotros el no apartarnos del camino de Dios
y escoger un rumbo en nuestra vida. Solo hay dos: con o
sin el verdadero Dios.
Por Marcelo Enríquez

Llegué
a conocer la Iglesia de Dios a través de mi madre,
cuando yo tenía unos nueve o diez años de edad. Hecho
inevitable fue colmarme del conocimiento de las Leyes
Santas de Dios y de su increíble propósito para con
nosotros, los humanos. Viví como un niño y joven normal
en la iglesia; asistiendo a los servicios, guardando las
fiestas, cultivando grandes amistades. Tuve la suerte de
ir de campamento muchas veces, en donde se reforzaba la
enseñanza de Dios. Los lazos de amistad se hacían cada
vez más fuertes. Pero esto era lo exterior. Mi
adolescencia y juventud dentro de la iglesia transcurrió
con el acostumbramiento y la aceptación inconsciente y
poco reflexiva de las verdades que Sábado a Sábado
escuchaba, y que adentrada mi juventud, pensando
equívocamente que ya habrían forjado mi carácter,
esencia y valores que profesaría en la vida.
Mi
decisión
Debo
explicar sin embargo en detalle el estado en el que me
encontraba el día que decidí dejar a Dios de lado y a Su
Iglesia. Me encontraba en un estado de lejanía de Dios
debido a la carencia de oración, ya que desde que dejé
de ser niño, dejé de orar también, poniendo todos mis asuntos en mis propias manos. Seguía asistiendo a
las reuniones y guardando las Fiestas, sin pensar en
ello, solo por costumbre.
Fue
entonces cuando comencé a cometer pequeñas faltas a la
ley de Dios y al comportamiento de un cristiano
verdadero, las que aumentarían en tamaño y frecuencia.
Con el tiempo decidí no asistir más a los servicios, y
sin dejar de creer en lo más profundo de mi ser en la
existencia de Dios y de Su plan, me importó mas la
posibilidad de decidir de una vez por mi mismo lo bueno
y malo. Estaba seguro que lo podía hacer y de paso no
podría desprestigiar la Iglesia de Dios si dejaba de
pertenecer a ella.
Estar
afuera
Fuera de la
Iglesia, en el mundo, nunca tuve grandes conflictos con
alguien, ya que las “pequeñas” faltas cometidas a la Ley
de Dios nunca empañarían mi evaluación como persona
dentro del medio en que me desarrollaba. En la
universidad, o en el trabajo los parámetros de medición
del carácter nada tienen que ver con los parámetros del
Eterno. Su ley es el espejo en el cual debemos mirarnos.
En este punto quiero detenerme.
En el
mundo, un joven de la Iglesia de Dios, siempre será bien
recibido. Este joven tiene todo lo que a este mundo malo
le hace falta. Y al igual que hay enfermedades
contagiosas y de la misma manera que la temperatura se
propaga de un cuerpo a otro, así también se propagan los
vicios, las actitudes y la maldad de este mundo en
quienes hagan suyo el sistema actual en el cual vivimos.
Dios hizo
que me diera cuenta de lo que me estaba ocurriendo. Ya
estaba enfermo, o dicho de otro modo, ya no
sentía que me quemaba, pues estaba a la misma
temperatura del mundo; sin un norte y sin propósito, con
mi mente en un claro estado de mundanalidad, y sin paz.
La perversión de este mundo se puede ver a diario. Basta
con ver televisión un momento. Además las personas
luchan toda su vida por cosas que suponen los
“realizarán”. Luchan por dinero, por sus estudios, por
estatus. Trabajan por su desarrollo físico para sentirse
queridos, y el sentimiento generalizado, sin embargo, es
desesperación e insatisfacción constantes. En realidad
hay una demencia y una obsesión por conseguir
rápidamente bienes materiales sin sujetarse a reglas
morales. Buscan una felicidad mal entendida, egoísta. Y
por lo mismo viven sin paz.
El
Cambio
Así me
encontraba y no fui yo quien lo descubrió, me lo mostró
Dios con su bondad, me mostró que la paz de verdad no
esta en el mundo. Dios la puede dar (Juan 14:27) “La
paz os dejo, mí paz os doy; yo no os la doy como el
mundo la da…”, (Isaías 57:15-21) “Porque así dijo
el Alto y Sublime, el que habita la eternidad. Pero los
impíos son como el mar en tempestad, que no puede
estarse quieto, y sus aguas arrojan cieno y lodo. No hay
paz para los impíos.”
Le
agradezco a Dios la oportunidad que me dio de corregir
el rumbo de mi vida, pues en mi no había intención de
reflexionar ni de volver a su camino para hacer su
voluntad. No podría haberme dado cuenta yo solo del
estado en el que estaba y esto le puede pasar a
cualquiera. No pensemos que somos tan inteligentes como
para tener todo bajo control y mantener un pie adentro y
otro afuera de la verdad. Si piensas así es porque
tienes los dos pies afuera. Sin Dios se nublan los
sentidos y afuera no se puede ser neutral (Mateo 12:30) ”El que no es conmigo, contra mi es; y el que conmigo
no recoge, desparrama.” Mas temprano que tarde uno
va siendo absorbido por la sociedad. El salir del
mundo ya no dependerá de nosotros. No será con la
facilidad con que entramos en el.
Elección
Ahora
depende de nosotros el no apartarnos del camino de Dios
y escoger un rumbo en nuestra vida. Solo hay dos: con o
sin el verdadero Dios, obedeciendo o no, de esto depende
el forjar nuestra esencia o “pulpa” a la manera de Dios,
y si escogemos así, no nos olvidemos seguir el ejemplo
de Jesucristo, ya que el nos envía al mundo al igual que
el vino enviado por Su padre, y así seremos mas
parecidos a El si nos esforzamos por cumplirle.
Así
entiendo en parte la paz que da Dios. Esta paz es cuando
uno puede descansar en nuestro propio comportamiento
frente a los demás ¿Cómo?, sin cambiar nuestra manera de
ser frente a nadie, nuestras amistades, familia,
conocidos, vecinos, ni frente a Dios mismo, porque el
cambiará nuestra esencia a su imagen si así lo creemos y
queremos.
Sobre el Autor
Marcelo Enríquez es uno de los jóvenes de la Iglesia de Dios Unida en Chile. El asistió como ayudante a nuestro pasado campamento de jóvenes
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